martes, 17 de julio de 2012



Todos somos otakus. O al menos eso deja entrever el significado de la palabra japonesa, originariamente utilizada para calificar a alguien como “fan” de algo. Así, en Japón, un fanático del fútbol es un otaku del fútbol o un ferviente seguidor de novelas televisivas es un otaku de novelas. En América Latina, y particularmente en nuestro país, el significado es otro muy distinto.

En Argentina, un otaku es un friki del manga y del animé. Es un joven que para la sociedad se ha quedado atrapado en su adolescencia o en sus días de infancia, tiene la pieza tachonada de pósters y abraza con cariño a su dakimakura mientras se pelea por chat con algún flogger. Un otaku es un ser incomprendido por la mayoría de sus pares, alguien que se ve obligado a reprimir y esconder sus gustos. Sólo otro otaku puede entender lo que un otaku siente.

Esta cultura encierra muchos micromundos, casi imposibles de clasificar o de ubicar en tiempo y espacio. Aunque sí hay un punto de referencia central, el lugar adonde todo empezó alguna vez, la cuna otaku: Japón. De la potencia mundial, nuestros fervorosos jóvenes importaron la razón de su desvelo, la pasión que los mueve. Hay algo en los orientales que les encanta, y hacen hasta lo imposible por parecerse a ellos, imitar sus costumbres y personalidad.